
La Huerta de Alicante es un llano litoral que se encuentra situada al NE del perímetro urbano de la ciudad de homónimo nombre. Dicha llanura ligeramente inclinada hacia el mar Mediterráneo llega hasta la línea montuosa que, partiendo de las estribaciones del Maigmó, concluye cerca del barranco de Aigües de Busot.
Este llano queda enmarcado al norte por las lomas de Xixí y las sierras de Bonalba y Ballestera; al NW, con los terrenos que enlazan con los llanos de Sant Vicent del Raspeig; al este por la costa de la playa de Sant Joan d’Alacant; al SW, por las colinas del Calvario, les Llomes del Garbinet y Lloma Redona, pudiéndose observar al oeste de Tángel las elevaciones de les Llometes y al sur, una banda costera formada por Serra Grossa, Cap de les Hortes y les LLomes del Far. Esta zona comprende una superficie de un poco más de 3.843,29 hectáreas que incluyen los municipios de Sant Joan d’Alacant, Mutxamel, El Campello y Alicante.
El clima es el típico mediterráneo, aunque Roselló Verger matiza que debería hablarse más bien de un clima subárido, caracterizado por inviernos suaves con raras heladas y un alto promedio de días despejados al año. Los veranos son cálidos y las lluvias son escasas pero de fuerte intensidad horaria. Dichas precipitaciones torrenciales, en la mayoría de los casos, resultan perjudiciales para las tierras en producción agrícola.
El río Montnegre surca este paraje de calizas negras; es definido como un río-rambla porque refleja el carácter híbrido de esta corriente que posee el fluir de un río y el funcionamiento irregular de una rambla. Su régimen típico pluvial-mediterráneo se caracteriza por dos picos máximos en primavera y otoño, siendo mayor éste último, y con un acusado estiaje en verano. En su cabecera es conocido como río Verde o Cabanes; ésta se sitúa a una altitud de 1.100 metros, en la confluencia de diferentes caudales procedentes de la Marjal de Onil y de los Ullals que nacen en la sierra del mismo nombre. Desde aquí se desliza, siguiendo una dirección SE, hacia la Hoya de Castalla donde recibe al río Ibi, procedente del Canal de Alcoi, y alcanza el pantano de Tibi. En esta zona cuenta con el aporte del río de La Torre, por la izquierda; y cerca de Mutxamel se le unen, igualmente por la izquierda, los barrancos de Vergeret, Aigüa Amarga y Busot. A partir de Mutxamel y hasta su desembocadura en el mar cerca de la Illeta de El Campello, el río es íntegramente aprovechado por la Huerta alicantina tomando el nombre de río Seco porque su cauce, ante la falta de agua, presenta una serie de depósitos y capas aluviales de considerable espesor.
Lo más característico de esta zona es su extrema aridez que se ve alterada por fuertes lluvias de gran intensidad horaria que han acarreado devastadoras consecuencias para la economía de la Huerta. Los recientes estudios sobre oscilaciones climáticas analizan como se ha vivido una Pequeña Edad Glaciar -mediados siglo XVI hasta mediados del siglo XIX-, caracterizada por una acusada amplitud térmica, con notables sequías, rota por lluvias torrenciales e inundaciones producidas durante los otoños o las primaveras. De igual manera, esta oscilación térmica en el último tercio del siglo XVIII es conocida como Anomalía Maldá.
Las sequías o crisis locales se pueden identificar gracias a las rogativas ad petendam pluviam o pro pluvia y pro serenitate para clamar y serenar las aguas respectivamente, a los memoriales e informes realizados para las instancias políticas y a los datos procedentes del análisis de las series diezmales y de las fluctuaciones de los precios de los productos agrícolas.
Algunos ejemplos interesantes que testimonian dichas crisis locales se detallan a continuación:


Una de las primeras noticias que conservamos sobre una obra hidráulica, más concretamente de una conducción de agua o acueducto, en las proximidades del Pantano se debe a Gaspar Escolano que en 1610 dice “[…] Ya los romanos parece que atinaron en parte el conducto desta agua, tan necesaria para el riego de la vega de Alicante por esta misma canal: porque en ella a un lado, a la mano derecha, se halla por dentro de la peña viva abierta y minada una larga acequia que los vecinos de por allí llaman de los enamorados y debió de durar hasta el tiempo de moros”. Testimonios posteriores los encontramos en los textos del deán Bendicho en el siglo XVII y en la obra de los padres jesuitas Juan Bautista Maltés y Lorenzo López en la centuria siguiente donde nos describen como “[…] El conducto pasa por Montnegre, en parte se encuentran montes minados y en valles y barrancos vestigios de arcos de cal y canto y a la otra parte de la partida que llaman de Casalet a la vista del río de Muchamiel después del cerro de Montnegre quedan todavía dos arcos derruidos y otro cerca del Pantano”
Estos restos de origen romano, aún identificables, comienzan en la misma pared del pantano y vienen a perderse en la partida de la Pólvora, algo por encima de la vieja ermita del Chapitel. Su recorrido hasta este punto se acerca a los 10 km. sin que hasta el momento se hayan detectado tramos subterráneos. Básicamente se trata de un muro de hormigón, de altura variable, que sustenta la caja o specus de sección rectangular con una dimensión media de 60 x50 cms. y enlucida con opus signinum.
Por tanto, desde la antigüedad queda evidenciada la necesidad de canalizar el agua de este río para abastecer la Huerta de Alicante, siendo este lugar un punto clave que se encuentra a unos 5 km., al SE de la localidad de Tibi y a unos 25 km. al NW de Alicante. El pantano de Tibi es un embalse prototípico y singular en la historia hidráulica española; presa de tipo arco-gravedad fue, con 41 metros de altura, la más alta de Europa durante dos siglos.
La irregularidad del caudal del río Montnegre dio lugar a que en el último cuarto del siglo XVI se iniciaran las gestiones para su construcción. Esta obra hidráulica se inició cuando el Consell General de la ciudad de Alicante acordó el 7 de agosto de 1579 su ubicación en el angosto desfiladero por el que discurre el río entre los cerros del Mos del Bou –en la parte oriental- y La Cresta –en la parte occidental-, en el término municipal de Tibi y para ello, se acordó la compra del terreno donde se ubicaría la pared a Don Pedro Massa de Carroz, marqués de Terranova y señor de Castalla, llevándose a cabo la escritura cinco días más tarde.
Junto a estos trámites, el rey Felipe II autorizó a la ciudad de Alicante la financiación de la obra y le concedió, por vía de compensación, los diezmos y primicias de las tierras novales. De esta manera, los trabajos dieron comienzo con arreglo al diseño inicial del maestro Pere Esquierdo, vecino de Mutxamel, y a Miguel Alcarás como primer ejecutor según el deán Bendicho. A lo largo de su construcción, la obra fue interrumpida por falta de fondos cuando alcanzaba casi 6 metros de alzada. Gracias al apoyo de Don Pedro Franqueza, señor de Villafranqueza y conde de Villalonga, el 22 de enero de 1590 se anunció que el rey concedía el permiso para continuar las obras, para ello, los planos iniciales fueron revisados minuciosamente por los ingenieros reales Jorge Fratín y los hermanos Juan Bautista y Cristóbal Antonelli. La consecución de las obras corrió a cargo de los maestros Joan Torres, Gaspar Vicent y Gaspar Córdoba dirigidos, por expreso mandato real, por el ya mencionado ingeniero Cristóbal Antonelli.
Cerradas las compuertas del pantano de Tibi el 13 de octubre de 1593 con 160 palmos de alzada de los 226 proyectados, la revisión definitiva de la presa fue realizada por el arquitecto real Juan de Herrera a comienzos del año siguiente. Esta presa está formada por una pared de mampostería y sillería perfectamente aparejada, con planta arqueada; la base curva con nueve metros de longitud, a los que se añaden cincuenta más en la coronación, con espesores respectivos de 33,7 y 20,5 metros. Aguas abajo, el dique dispuesto en 7 gradas poco acusadas, alcanza 42,7 metros, mientras queda en cuarenta y uno por su paramento interior, ligeramente inclinado. La capacidad originaria del vaso, hoy muy menguada por los arrastres, fue calculada en 3,7 hectómetros cúbicos. El pantano incorporó innovaciones dignas de mención; en particular el sistema de toma de aguas y la galería de salida, desarenador y aliviadero lateral. La obra quedó finalizada a mediados de 1594 cuando la pared alcanzó una altura de 196 palmos y la empresa había costado 58.023 libras, 17 sueldos y 4 dineros. Según la liquidación definitiva que se practicó de acuerdo al número de tahúllas que se beneficiaría del nuevo riego, 7.700 libras y 6 dineros debían ser abonadas por Mutxamel. Tras negarse dicho municipio a abonar tal cantidad, la sentencia de 20 de enero de 1598 lo condenó a efectuar su pago correspondiente.
En 1601, se produjo un incidente recogido por el deán Bendicho: “Sucedió en aquesta fabrica una grande rotura en 19 de abril del año 1601 y fue por averse tapado la paleta con la runa de una avenida, queriéndola destapar por la guarda que esta debió hacer mas fuerza de lo que devia y empezó a desmoronar la obra de tal manera que en media hora se bacio toda la laguna”. En cuestión de un año, comenzaron las obras para asegurar y mejorar su conservación con una camisa ataluzada. Los gastos de la reparación ascendieron a 30.000 ducados que fueron reunidos entre la ciudad y los propietarios de tierras en la Huerta en proporción directa a las tahúllas que poseían.
Algunos autores, como los padres jesuitas Juan Bautista Maltés y Lorenzo López, indicaron que el vaso del pantano, excesivamente colmatado desde 1686, había padecido algunos problemas que dieron lugar a que mediante tablones se dificultara la salida normal del agua. A esto se unió que el 13 de noviembre de 1697 tuviera lugar una fuerte avenida que rompió dichos maderos y abrió una brecha de 10×8 metros a unos 30 metros del cauce. En cambio, el marqués Jorge Próspero Verboom, prestigioso jefe del cuerpo de ingenieros militares creado por Felipe V, creía que la enorme brecha era consecuencia del sabotaje llevado a cabo por los propietarios del Agua Vieja. Aún así, sería este ingeniero quien trazara unos planos y un memorial en 1721 con un presupuesto y unas modificaciones para su reparación justificando, contrariamente a su pensamiento, que la brecha fue producto de la pésima calidad de los materiales utilizados. Aunque no sería hasta 1736 cuando comenzaron las reparaciones, según propuesta de Nicolás Puerto y a cargo del maestro Gregorio Terol. Dos años más tarde, los maestros Gerónimo Martínez, Francisco Asenssi, José Terol y Vicente Mingot declararon que la obra estaba concluida acorde a los planos y a los capítulos pactados. Por fin, el 4 de diciembre de 1738 se cerró el portón para que el pantano pudiera comenzar a embalsar de nuevo el agua y regular, de esta manera, el riego en la Huerta de Alicante; además, se remató la coronación de la presa con una cierta inclinación hacia aguas abajo.
Este incidente será recogido por Antonio José Cavanilles y el cronista Rafael Viravens y Pastor, quien hacia 1876 afirmaba que la rotura fue provocada por los dueños del Agua Vieja: “semejante desgracia fue producida sin ningún género de duda por la explosión de un barreno de pólvora preparado y dispuesto por la perversidad de algunas gentes para volar el dique”. Destaca la pervivencia de esta opinión entre los intelectuales, aunque, otros documentos culpan del incidente al inadecuado cierre después de una limpia realizada en 1688.
De los enormes desperfectos sufridos por la presa existen numerosos informes elaborados para su reconstrucción y una serie de testimonios que avalan la urgencia de estas obras como el del deán Manuel Martí, estudiados por Enrique Giménez. En este documento se justifica en seis puntos la reparación de la presa: reducción de la extensión de la Huerta, deterioro del arbolado y del viñedo, descenso de los habitantes y dificultades para el cobro de contribuciones, encarecimiento de la harina, problemas de salubridad dando lugar a la aparición de fiebres terciarias y disminución de los diezmos por el deterioro de los cultivos que perjudicaba tanto a la Iglesia como a la Real Hacienda.
Hubo averías menores en 1742, 1782 y tras la gran avenida del 7 de septiembre de 1793, recordada porque las aguas superaron la terraza del pantano de Tibi unos tres metros arruinando el aliviadero y el puente. A su reparación alude el monolito junto al puente con la inscripción:
CAROLVS IV / PATER PATRIE / PONTIS; VIAMQUE ROTIS / PROVEXIT / A. (NNO) D. OMINI) MDCCXCV
Finalmente, para mejorar esta obra hidráulica, a lo largo del siglo XX, se han realizado obras de acondicionamiento:
Por último, este monumento y su entorno fueron Declarados Bien de Interés Cultural por Decreto del Consell de la Generalitat Valenciana de 26 de abril de 1994, publicado DOGV el 17 de mayo y ratificado en el BOE el 16 de junio de ese mismo año.
Embalse de Tibi


Para poder aprovechar mejor el agua de las avenidas, en el año 1842 se construyó un embalse de forma trapezoidal conectado con la presa de las «Fontetes», y que el vecindario bautizó como el «Pantanet», por comparación con el Pantano de Tibi, del cual también puede recibir los caudales actualmente. Se construyó un Nuevo embalse en 1874. Hemos de aclarar que el original es el que ahora ocupa la posición central de entre las tres balsas existentes. El conjunto hidráulico actual está integrado por dos secciones claramente diferenciadas: los estanques de almacenamiento de aguas y la casa de gobierno de los caudales, que tiene en el piso superior la antigua vivienda.
El Proyecto de ensanche y reforma definitiva con incorporación de vivienda para el pantaner llegaría en el año 1881, siendo el director facultativo de la obra, Vicente Pérez. La casa de las compuertas está situada a la salida de las aguas, con destino a la Acequia Mayor. Es de planta rectangular y dos pisos, está situada con el lado mayor dispuesto transversalmente al paso de las acequias. Como se puede apreciar en la fachada que mira hacia el sur, se finalizó en el año 1882. Como curiosidad añadir que para contribuir a mejorar la calidad de vida de la familia del pantaner, la directiva del Sindicato de Regantes acordó que se hiciera un horno para cocer pan, en esta vivienda. Las cubiertas del edificio son inclinadas a dos aguas con teja plana y al centro apreciamos una línea recta de crestería cerámica.
En el año 1947 se realiza el tercer embalse que es el que está situado en el lado izquierdo, pegado a la carretera tradicional que sube de Mutxamel a Xixona. Esta nueva edificación se debe a la necesidad que se tiene de poder tener más agua almacenada para el riego, y poder suprimir el riego nocturno, actividad que ya no querían efectuar la mayoría de los regantes.
El conjunto, ubicado en el entrada norte del municipio de Mutxamel, constituye un hito paisajístico, hidráulico y visual digno de contemplar, en donde todavía se pueden apreciar esos colores ocres y rojos tan típicos de nuestras casas tradicionales. Actualmente, es el único conjunto tradicional de riego de la Huerta alicantina que continúa funcionando con una triple misión, recoger las aguas provenientes del embalse de Tibi, las tratadas en la depuradora comarcal de Orgegia y recientemente también se han incorporado la provenientes de la instalación de l’Alacanti-Nord, que son empleadas para el riego.
Aunque la mayoría de las acequias y brazales ya no funcionan como antaño, los caudales son distribuidos a través de canales cubiertos, que llevan las aguas a los campos tanto de los pequeños propietarios regantes que aún subsisten como a las compañías agrícolas establecidas por los municipios de Mutxamel, Sant Joan y el Campello. La propiedad de este conjunto pertenece a la Comunidad de Regantes, responsable también de su administración, funcionamiento y mantenimiento.

El azud de Mutxamel, situado en la partida de la Almaina, es conocido también con el nombre de Les Fontetes o Assut Vell. Esta presa menor es la más antigua de las tres que se ubican en el cauce del río Montnegre para recoger las aguas de avenida y encauzarlas a la Huerta. Muchos investigadores piensan que fue construida en el siglo XIII, aunque anteriormente pudo existir una presa de arco de medio punto de origen romano. Realmente, los primeros datos documentales que se conservan sobre su existencia datan de finales del siglo XV pero, a partir del siglo XVI, se encuentran referencias más concretas en los textos de Pascual Madoz y Antonio José Cavanilles, sin olvidar el detallado estudio de las fuentes escritas que ha realizado Armando Alberola a finales del siglo XX.
Como documentos a señalar, encontramos como en 1578 la ciudad de Alicante pensaba levantar un nuevo azud pero los expertos Joan García de Mondragón, Jaume Riera y Sebastiá Alvarez que inspeccionaron el lugar decidieron que urgía más retocar el existente alzando la pared y reforzándolo por los extremos. En otoño en 1590, una gran avenida arruinó en gran medida esta presa menor y afectó a la acequia del Consell, distribuidor principal del riego. Las obras de reparación concluyeron un año más tarde.
El deán Bendicho nos describe, en 1640, un azud muy diferente al actual. Hace hincapié en su antigüedad, en el elevado precio que se pagó para alzarlo y en su papel fundamental en los momentos en que el río incrementa peligrosamente su caudal tras las lluvias de otoño y primavera: “[…] (el agua) pasa por el pantano […] y por su canal llega a la Huerta y en ella entra en una presa o azuda fabricada que atraviesa el río hecha de cantería; destribada entre dos torreones a uno y a dho. lado […]”. De la misma manera, se refiere a la acequia, excavada en la roca contigua al mismo, que atravesaba Mutxamel y llegaba hasta Sant Joan d’Alacant: “[…] tiene al principio tres ventanas al río tapadas con tablones, corredisas, que decimos taules. Sirven para sangrar las avenidas del río cuando crece por las lluvias […]”.

A principios de siglo XVIII, el cabildo alicantino creyó nuevamente realizar obras de mejora en este azud y encargaron al cantero Francisco Mingot la redacción de los capítulos para el arriendo de las obras, adjudicadas a Antonio Mola el 24 de julio de 1712. Será Antonio José Cavanilles quien nos describa esta obra hidráulica como “un largo murallón que en arco atraviesa el río, consta de sillares hasta el grueso capaz de resistir las furiosas avenidas”.
Aunque la presa debió quedar perfectamente reformada no pudo soportar las diversas riadas acaecidas a finales del siglo XVIII como la avenida del 17 de agosto de 1789 que rompió los azudes de Mutxamel y de Sant Joan d’Alacant e inutilizó la acequia Mayor al rellenarla con los arrastres, según el informe del juez administrador del pantano Antonio Montenegro; y la avenida del 7 de septiembre de 1793 que arrancó el azud y su casamata arrasando campos y caminos, según un Memorial redactado por el ya mencionado juez administrador del pantano. Una nueva avenida, acaecida el 11 de abril de 1794, destruyó el Molí Nou y amenazó con caer sobre la acequia Mayor. Tras años de discusión sobre quien debía correr con los gastos de las reparaciones, una Orden Real, fechada el 25 de agosto de 1797, establecía un reparto por tercias –una tercera parte correspondía a la Real Hacienda y las dos restantes a los interesados en el riego-. La ejecución del nuevo azud y el arreglo de la acequia Mayor se realizarían según los planos del arquitecto Vicente Gascó. Aún así, el 13 de marzo de 1802, el rey Carlos IV aprobaba unos nuevos planos elaborados por José Cascant y el 14 de agosto el cabildo de la ciudad de Alicante se daba por enterado de que los preparativos para comenzar estaban ultimados.
El azud que se levanta en la actualidad es una reconstrucción realizada a principios del siglo XIX; presenta una planta recta de perfil curvo, construida a base de sillares y posee una altura de 2, 77 metros. Su función primigenia era recoger las aguas de las avenidas que rebasaban el pantano para, una vez asimiladas al Agua Vieja, ser distribuidas para el riego en Mutxamel, Tángel y el Palamó, pero, el caudal actual es tan modesto que se hace necesario acumular el agua en el denominado Pantanet. Éste es un depósito construido en 1842 y agrandado en 1847 que, actualmente, hace las funciones de partidor, distribuyendo los caudales a las acequias.
Hasta los años 30 del siglo XX, este azud ha sido mantenido y cuidado, normalmente, por los assuters procedentes del pantano de Tibi. Esta profesión ha desaparecido con la jubilación de Carles “Sant Peret”, el cual dos o tres veces por semana recorría el lecho del río vigilando y distribuyendo el agua.
Desde este azud se articula el eje vertebrador del espacio agrario: la acequia Mayor o del Consell, y de ella, arrancan ocho brazales: Alfaz, Aljucer –actual Benitía-, Albercoquer, la Torre o Carnicería, Canelles y El Racó que corresponden a los de Lloixa y del Racó de Giner, el de Alfadramí identificado con el de Benialí o Maimona y por último, el de les Moletes. La mayoría de ellos se sitúan en la orilla derecha de la acequia Mayor, con excepción del brazal de Aljucer o Benitia y el de les Moletes.
La acequia Mayor o del Consell desvía parte de las aguas del azud de Mutxamel hacia el sector norte del término municipal: las partidas de Vidal, El Carmen, Marbeuf, Peñacerrada, llegando a Villafranqueza y Vistahermosa. Sus aguas discurren por la Alameda –El Ravalet-, calle la Acequia, calle la Soledad, paseo de la Constitución, calle Manuel Antón, calle Cura Fenoll, calle Sala Marco, Plaza Nueva, calle San Antonio y accede a Sant Joan d’Alacant por la calle Maigmona; continúa por la calle Mayor hasta Benimagrell, y de aquí hasta su desembocadura en el mar Mediterráneo. En total de ella nacen, repartidos por toda la Huerta de Alicante, 22 brazales; y de ellos, las diversas hijuelas, ramales y subramales.


Este azud se sitúa en las proximidades del puente existente en la carretera que une Sant Joan d’Alacant y Busot; de ahí, que también sea conocido como Açut Nou o del Pas de Busot. Aunque se acepta el dato dado por los padres jesuitas Juan Bautista Maltés y Lorenzo López en su Illice Ilustrada como el correcto, hoy existen referencias documentales anteriores al año 1656. Tras las investigaciones de Armando Alberola, encontramos algún documento datado el 21 de junio de 1377 donde esta obra es aprobada por el rey Pedro IV y posteriormente, hacia 1578, el Consell alicantino determinó un nuevo azud en “lo riu de Alacant en lo pas de Busot perque […] nos ha constat ser cosa necesaria e utilosa” para recoger las aguas pluviales y de avenidas que no pudieran contenerse en el azud de Mutxamel y reconducirlas a la Huerta, reforzando el riego de la parte baja de la misma: Sant Joan d’Alacant, Benimagrell y la Condomina. Aunque por las presiones de los regantes, éste no fue construido hasta 1631 y reparado por el cantero Ginés Irles en 1640 debido a los daños provocados por las diversas avenidas de 1635 que arruinaron la pared dejando el azud inutilizado. Los gastos de la obra se liquidaron en 1656, año de construcción comúnmente aceptado.
Al igual que el azud de Mutxamel, éste sufrió los efectos destructivos de la riada del 7 de septiembre de 1793 y la obstrucción de la acequia del Gualeró por una higuera, siendo reconstruido en 1800 por el arquitecto José Cascant, según planos del arquitecto Vicente Gascó. Esta presa menor presenta una planta curva de 48 metros de cuerda y sus paramentos de sillería, verticales, tienen 7, 35 metros de alto por 3, 60 metros de espesor, reforzado en los extremos por estribos.
Hasta los años 30 del siglo XX, este azud ha sido mantenido y cuidado aunque, actualmente, presenta un estado de abandono. Su último assuter fue Josep Planelles Martínez, “Pinotxo”; el cargo lo heredó de su padre y de su abuelo. Resulta especialmente interesante el testimonio de su hija, Carmen Planelles, porque recuerda que las tierras que rodeaban su casa tenían todo aquello que hizo famosa a la Huerta de Alicante: almendros, algarrobos, viñas, higueras, olivos, etc. Hoy esta zona ha quedado desértica. En 1997, se procedió a la rehabilitación de la caseta del assuter y de las casetas de descarga de la acequia del Gualeró, bajo la dirección de Màrius Bevià.

A la par que se construyó el azud de Sant Joan d’Alacant, los regantes habrían acondicionado la antigua acequia del Gualeró para utilizarla como boca del nuevo azud. Los investigadores creen que este topónimo proviene de goleró, término catalán derivado de gola, definido como un lugar profundo donde el agua es engullida; aunque, también puede fusionarse como gual, lugar de un río de poca profundidad por donde es cruzado. En definitiva, el Gualeró fue una acequia que debía ser cruzada por diversas sendas; de hecho, ésta era sorteada por una canaleta de piedra hoy desaparecida y sustituida por un sifón y una tubería. Actualmente, esta acequia se encuentra tapada y abnegada.
La misión principal del Gualeró es llevar las aguas desde la parte alta de Sant Joan d’Alacant, donde enlaza con la acequia Mayor, hasta la parte baja de la Huerta, donde vuelve a enlazar con la ya mencionada acequia Mayor. Antiguamente, tenía unos cuatro o cinco metros de ancho en el suelo y alcanzaba diferentes alturas durante su recorrido, llegando a los siete u ocho metros en las partes más profundas. Los investigadores piensan que una vez hecho el Gualeró, se realiza una remodelación o readaptación de los riegos de esta zona, cambiando el nombre de algunas acequias y dando riego a otras zonas.

Assut Sant Joan


Tras los estudios de Armando Alberola, encontramos datos de la existencia de una pequeña presa en el curso bajo del río Montnegre desde finales del siglo XVIII que sería, quizás, destruida por diferentes riadas. Desde principios de agosto de 1811, hay constancia documental de la intención de construir un azud ya que el arquitecto Juan Bautista Lacorte había propuesto su construcción a 50 varas –alrededor de 800 metros- de la presa de Sant Joan d’Alacant. Pero, no sería hasta 1824 cuando los labradores de El Campello lo solicitasen formalmente a la ciudad de Alicante.
Tras diversas consultas y discusiones, se decidió que el arquitecto Antonio Jover diseñaría los planos y elaboraría los pliegos para la ejecución de las obras. Una Real Orden, expedida en Madrid el 13 de mayo de 1828, instaba a la construcción inmediata de este azud y establecía el pago por tercias –dos partes a cargo del común de los regantes y una parte para los interesados de El Campello-. Sin embargo, en 1840 aún no se había colocado ninguna piedra aunque debió quedar terminada hacia 1843 porque es citado por el ingeniero francés Maurice Aymard y, posteriormente, por Joaquín Roca de Togores en su Memoria sobre el estado de la agricultura en la provincia de Alicante. Con posterioridad, en los años 1868 y 1874, la presa fue objeto de mejoras; efectuándose importantes reparaciones en 1888.
Por tanto, esta presa menor sólo funcionó desde mitad del siglo XIX hasta principios del siglo XX aunque, éste era todavía menos previsible ya que sólo resultaba activo cuando a los otros dos azudes les sobraba agua o las crecidas eran de gran volumen. Hasta los años 30 del siglo XX, este azud ha sido mantenido y cuidado. Su último assuter fue Saoro “La Canaleta”. Esta presa menor está derruida, limitando su función a servir de cruce a una acequia menor de una a otra orilla del río aunque, actualmente, ya no se encuentran vestigios en el lugar.
Esta construcción hidráulica derivaba las aguas por la margen izquierda, mediante una boquera llamada acequia de Cerdá, beneficiando una superficie de 320 hectáreas ubicadas en la partida casa Marco, las inmediaciones de El Campello y Les Coves. Estas tierras disponían únicamente de este sistema de riego; por tanto, sus cultivos se reducían a almendros, algarrobos y olivos.

El origen de la Huerta de Alicante plantea una discusión entre los investigadores debido a la carencia de fuentes históricas concretas y seguras. La hipótesis tradicional mantiene un origen musulmán, apoyado por una tradición oral que ha pervivido hasta nuestros días de vocablos relativos a la organización del riego como dula o dawla y martava o martabat, por los nuevos cultivos introducidos y por las construcciones de los primeros brazales de la acequia Mayor tanto en su margen derecha –Alfaz, Albercoquer, Torre o Carnicería, Canelles o Lloixa y Racó- como el primero de su margen izquierda –Aljucer o Benitía-. Además, en las cartas de población concedidas tras la Reconquista aparece la fórmula de entrega de agua de riego a los colonos cristianos según costumbre árabe y en una serie de privilegios, expedidos a mediados del siglo XIII por el rey Alfonso X a la ciudad de Alicante, se mencionan mejoras para los labradores alicantinos respecto a las disfrutadas en tiempos de moros. Por último, encontramos algunas fuentes escritas que hacen referencia a la existencia de esta Huerta o de sus productos como la descripción del geógrafo árabe Al-Isidri que en el siglo XII señala la abundancia de figos, passas o azabib y aceyte en la ciudad de Alicante. Detalla como los productos no perecederos como la uva pasa, los higos secos y el esparto son exportados a todos los países del mar; mientras que, las legumbres y las verduras eran destinadas al consumo directo y al abastecimiento urbano.
En oposición, se plantea una nueva hipótesis que defiende un origen romano para el regadío de esta Huerta. Estos investigadores, en concreto los arabistas, se centran en la importancia del organismo colegiado, con poder judicial y ejecutivo, que regulaba el funcionamiento de toda la dinámica del sistema de riego porque parece ser que es de origen romano ya que este tipo de organización no existe en la legislación islámica, donde prima la autoridad individual sobre la colegiada. De esta manera, deja reducida su influencia a la utilización de norias para elevar aguas y a la importación de nuevos cultivos.
Además, algunos estudios clásicos, como los de Thomas F. Glick, demuestran la existencia de antecedentes romanos en algunos sistemas de riegos, los cuales serían desarrollados y perfeccionados por los musulmanes. Esta hipótesis se confirma al ser encontrados restos arqueológicos de canalizaciones romanas desde la fuente de La Alcornia, en el término municipal de Ibi, que pasando por la pared del pantano de Tibi, sigue el curso del río Montnegre hasta llegar a la zona del Raspeig. Esta canalización es denominada por el deán Bendicho como la acequia de los enamorados.
Realmente y hasta la fecha, no existe constancia documental del ordenamiento del sistema de riego imperante en la Huerta de Alicante con anterioridad a la Reconquista, por tanto, la pervivencia de unos vocablos árabes nos indica una huella más o menos profunda de la importancia que tuvo el ordenamiento musulmán en estas tierras, mejorando unas canalizaciones romanas existentes. Pero, al ser éstas tan escasas, la mayoría de los investigadores mantienen, con reservas, un origen musulmán del sistema de riego para esta Huerta que tras la Reconquista, sufriría unos cambios mínimos.
Las décadas centrales del siglo XIV suponen una línea divisoria en lo referente al devenir de esta área productiva denominada por Antonio Gómez López secano regado. El fértil espacio agrícola, conocido como orta Aliquantis, queda prácticamente destruido por la guerra que enfrentó a Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, tanto en su vertiente puramente productiva como en lo que atañe a la organización del regadío; además, provocó la dispersión de la mano de obra mudéjar que la trabajaba. De las consecuencias de la guerra de los Dos Pedros se tiene constancia que con la entrada de los castellanos en la villa de Alicante, el 8 de septiembre de 1356, la mayor parte de su población abandonó el lugar e idéntico fenómeno ocurrió en la Huerta donde los infantes Don Fernando y Don Juan, hermanastros del rey de Aragón, recorrieron toda la vega de Alicante. Ésta debió quedar seriamente afectada ya que era costumbre talar árboles y quemar las cosechas por las tierras de la Gobernación de Orihuela.
La producción agrícola tras la Reconquista experimenta profundas transformaciones. Así, a partir del siglo XIV, los olivos y los almendros comienzan a ser paulatinamente sustituidos por un producto fácilmente comercializable, el vino. La extensión de la vid, que el deán Bendicho sitúa en la Condomina, se vio favorecida por ser la variante denominada fondillón un producto de calidad que se exporta a Europa a finales del siglo XV, siendo muy famosa y cotizada a lo largo de los siglos XVII y XVIII.
La ciudad de Alicante estudia a finales del siglo XVI la posibilidad de construir un embalse que pueda solventar las dificultades provocadas por la irregularidad del río Montnegre. Con las compuertas del pantano de Tibi cerradas el 13 de octubre de 1593, encontramos un documento, estudiado por Armando Alberola, sobre el Reparto de las aguas del pantano donde se contabiliza que la superficie total de la Huerta alicantina, en 1594, era de unas 27.430 tahúllas -3.291 hectáreas- repartidas en 659 propietarios e irrigadas por 11 acequias.
En el siglo XVIII, es el botánico Antonio José Cavanilles quien nos describe los cultivos de la Huerta de Alicante; frutas donde despuntan las peras y los higos, olivos de la variedad de los grosales, viñas, almendros, algarrobos, granos, legumbres, barrilla, seda y otras producciones. En el siglo XIX, Pascual Madoz nos da una relación de una producción formada por trigo, cebada, aceite, vino, almendras, algarrobas, cáñamo, legumbres y hortalizas.
Otros estudiosos, como Manuel Sala y Pérez, añaden la producción de morera, palmeras, panizos y garbanzos; además, este investigador concreta que en Benimagrell se cultiva cáñamo, lino y arroz. En cambio, la obra de Orozco incide en los productos expuestos por Pascual Madoz, haciendo hincapié que la agricultura era la base económica de Mutxamel y la exportación de sus productos se realizaba a través del puerto de Alicante.
En cambio, Francisco Figueras Pacheco cita el algarrobo, la viña, el olivo, los cereales –trigo, maíz, cebada y avena- legumbres, hortalizas, alfalfa y frutales; destacando la decadencia de la barrilla –monopolio hispánico en el siglo XVIII ya que de sus cenizas se producía la sosa- y de la vid a lo largo del siglo XIX debido al pacto franco-español firmado en 1892, a la recuperación de las viñas francesas y al aumento de la producción argelina, unido a la disminución de las exportaciones por la aparición de la filoxera en la Huerta.
Durante el siglo XX, se sigue produciendo una asociación de cereales con el arbolado tradicional –almendro, olivo y algarrobo- ya que son cultivos poco exigentes en humedad. Junto a ellos, encontramos los árboles frutales como la naranja navel, que a lo largo de la década de los 50, vivió un momento de auge y las hortalizas como la espinaca, la acelga, el guisante verde, el ajo, la cebolla, la calabaza, la berenjena, destacando el auge que vivió el haba verde en la década de los 20 y el tomate en la década de los 60.
En los últimos treinta años, se ha observado una disminución y un abandono progresivo de la Huerta de Alicante como consecuencia por un lado, de la desaparición de la agricultura tradicional sustituida por una agricultura industrializada y por otro lado, por el crecimiento de los diferentes cascos urbanos y la creación de caminos y zonas de urbanización diseminadas por toda la Huerta. De esta manera, si en 1594 se contabilizaban unas 27.430 tahúllas, en la actualidad son escasamente 15.000.

Las primeras referencias fiables, encontradas sobre la administración del riego en la Huerta de Alicante, corresponden a la época de la repoblación cristiana de la ciudad, conquistada por el infante Alfonso de Castilla, quien hizo generosas donaciones concretadas en los Fueros y Franquezas y en una serie de Reales Privilegios –expedidos el 29 de agosto de 1252 en Murcia y el 25 de octubre de ese mismo año en Sevilla-. Con el primero se concedió a la ciudad el domino de ciertas villas, con sus término, montes, rentas y demás posesiones; con el segundo, confirmaba el anterior. Posteriormente, Alfonso X el Sabio mediante otro Privilegio expedido en el año 1258, donó a perpetuidad a los alicantinos el uso y el aprovechamiento de las aguas nacidas en el término de Castalla, así como las pluviales que alimentaran el caudal del río Cabanes. Aunque algunos investigadores afirman que este derecho sobre las aguas no consta en ningún privilegio y es, solamente, una extensión errónea de otros privilegios para justificar la apropiación del agua.
En todo caso, el primitivo reparto del agua, realizado a través del Consejo General de la Ciudad, fue de forma proporcional a la superficie de tierras que poseía cada uno de los pobladores de la ciudad y de su huerta. Dicho reparto quedó consignado en un libro conocido como el “Libro de Reparto”, aprobado por Real Cédula, fechada en Valladolid en 1258, donde se detallaba el nombre de los vecinos, la cantidad de tierra que poseían y el volumen de agua que les correspondían. Este libro, que debía conservarse en el ayuntamiento de la ciudad de Alicante, se perdió en las guerras que a lo largo del siglo XIV mantuvieron las coronas de Castilla y Aragón por el dominio de esta ciudad.
El agua fue repartida de acuerdo a un sistema dual de regadío, basado en el aprovechamiento de las aguas corrientes y de las esporádicas del río. Ambas eran distribuidas a través de un estricto cómputo horario que Antonio López Gómez denomina como riego de tipo alicantino.
De esta manera, encontramos por un lado 336 hilos de aguas naturales o vivas –aguas corrientes-; cada hilo suponía el derecho de riego durante un período de hora y media, debiéndose regar 16 hilos por día subdividido en dos bloques de 8, uno por la mañana y otro por la noche. El periodo de tres semanas en las que se completaba el riego se denominada martava o tanda.
Por otro lado, se constituyeron otros tantos partidores o venturas dirigidos para aprovechar las aguas esporádicas de las precipitaciones. Para que el sistema empezara a funcionar era necesario que las lluvias caídas permitieran recoger una cantidad de agua suficiente para formar ocho hilas o corrientes de agua menores capaces de alimentar los ocho partidores existentes y poder ser repartidas a los dueños según el turno mencionado. Si por alguna razón el dueño de algún partidor no deseaba el agua, se procedía a su venta o subasta –denominada encante– destinándose el producto obtenido para cubrir los gastos de mantenimiento de la red de distribución.
Aunque, este sistema fue mantenido y respetado tras la incorporación de Alicante al Reino de Valencia en 1304, comenzó a producirse un paulatino proceso de desvinculación de la propiedad del agua que tenderá a convertirse en un valor en sí mismo, con independencia de la tierra. Finalizada la contienda de los Dos Pedros y desaparecido el “Libro de Reparto”, se llevó a cabo, el 20 de julio de 1367, una reunión de todos los regantes en la iglesia colegial de San Nicolás de la ciudad de Alicante para tratar el tema de una nueva ordenación y distribución del riego. Los acuerdos fueron elevados al rey Pedro IV de Aragón, quien dispuso la creación de un nuevo libro.
Para frenar la creciente especulación en la utilización del agua como dominio exclusivo para venderla a los trabajadores necesitados de ella, crear vínculos eclesiásticos o, simplemente, para donarla, legarla o enajenarla a otros particulares, el rey Juan I de Aragón, el 1 de marzo de 1389, firmó un Privilegio en Monzón donde quedaba prohibida la compra de agua de riego a toda persona o entidad que no poseyera tierras en la Huerta. De esta manera, evitaba que los pequeños propietarios quedaran sin agua y obligaba a los más ricos a limitar sus compras a las estrictamente necesarias para sus tierras e impedir que ejercieran un descarado monopolio sobre el resto de regantes. De este modo quedaba establecido, en la Huerta de Alicante, el principio de que el agua no podía ser separada de la tierra.
Pero dicho Privilegio no obtuvo los resultados esperados; continuaron los negocios fraudulentos y aumentaron las donaciones y vinculaciones a la Iglesia, unido a la alarmante mengua del caudal tras la edificación de presas por los vecinos de Castilla, Tibi y Onil a lo largo del curso del río Montnegre. Estos motivos junto a un endurecimiento de las condiciones meteorológicas dieron lugar a una considerable reducción de la superficie cultivable que provocó que la ciudad de Alicante estudiase, a finales del siglo XVI, la posibilidad de construir un embalse que pudiera solventar las dificultades aludidas e incrementara los rendimientos agrícolas. La construcción del pantano de Tibi, a expensas de la ciudad de Alicante, se produjo de forma intermitente entre 1580 y 1594.
Tras finalizar la construcción del pantano y siguiendo las instrucciones del rey Felipe II, el Portantveus de General Gobernador Don Álvaro Vique y Manrique procedió al reparto y ordenación de las aguas embalsadas, redactando un Memorial que el rey aprobó el 9 de noviembre de 1594. Con este documento, estudiado por Armando Alberola, se pretendió por un lado manifestar sin ambigüedades que el agua no se podía separar de la tierra y por otro, mantener el principio de los derechos adquiridos. Este último aspecto llevaba un doble juego de intereses entre los antiguos poseedores de agua donada por el rey Alfonso X El Sabio y los nuevos propietarios de tierras, que con cuyo dinero se había construido el pantano que duplicaba el volumen normal de agua para el riego.
Don Álvaro Vique y Manrique procedió a dividir el caudal en dos partes o dulas diferenciándolas tan sólo en las jornadas de reparto. El agua que fluye natural del río, antes de la construcción del pantano, comenzó a denominarse Agua Vieja. Ésta se dividía en 336 hilos a razón de hora y media por hilo y se repartía en 17 martavas en un año y 16 en otro, circulando en hilos si la había en abundancia y agrupada cuando existía déficit. La característica básica de esta agua es que representa una propiedad en sí misma, pudiéndose comprar o vender independientemente de la tierra pero a quienes poseyeran agua de riego del pantano.
El agua recogida del pantano comenzó a llamarse Agua Nueva, dividida en 336 hilos repartidos en proporción a las tahúllas que ocupaba cada nuevo regante. La diferencia entre ambas está en su inseparabilidad de la tierra a la que estaba adscrita.
Este reparto de agua acentuó la rivalidad entre los antiguos y nuevos poseedores del riego ya que los antiguos acumulaban el Agua Vieja en grandes cantidades y en pocas manos. Como consecuencia, se incrementó el abuso sobre el resto de los regantes ya que el minuto aproximado de agua por tahúlla correspondiente a los nuevos labradores no bastaba para cubrir las necesidades de su riego.
En 1596, el rey emitió un Privilegio sobre el dominio de aguas del Pantano favorable a la ciudad de Alicante. La distribución del agua quedaba en manos del sobrecequier o sobrecequiero, quien conocía las necesidades del riego in situ y podía obrar en consecuencia. A él, le correspondía nombrar cequiers o repartidores, encargados de distribuir el agua en su nombre distinguiendo correctamente los diferentes tipos de agua. Para controlar el tiempo que correspondía regar a cada labrador se construyeron dos relojes de arena o ampolletes justes i competents marcados con las armas de la ciudad, quedando uno en poder del repartidor y otro depositado en el archivo del ayuntamiento de la ciudad. El tribunal del que dependían todas las causas suscitadas por cuestiones relacionadas con el riego lo formaba el sobrecequiero, con rango de juez de primera instancia, asesorado por uno de los abogados de la ciudad. Contra el fallo de este tribunal sólo cabía una apelación o recurso ante el Batle.
En 1620, visitó la ciudad el asesor del Batle General del Reino Don Luís Ocaña, que tras constatar la inexistencia de una relación escrita de los regantes, solicitó la elaboración de un libro donde figurasen los propietarios de los hilos de agua. Este registro se denominó La Giradora, siendo elegido para su control Pedro Pastor, vecino de Mutxamel. En este libro se anotaba la variación de propietarios de los hilos de riego y las tierras producidos a lo largo del año. Este mismo asesor del Batle General del Reino elaboró un nuevo reglamento para el gobierno de la ciudad, aprobado por Felipe IV en 1625, donde se detallaba las ordenanzas para la organización del riego y a sus responsables.
De esta manera, la jurisdicción, administración y reparto de las aguas del pantano era ejercida por los jurados, aunque estos delegaban sus funciones en el sobrecequier. Entre sus funciones desempeñadas estaba:
El libro de La Giradora, establecido en 1620, quedaba regulado en las nuevas ordenanzas. En él, el escrivá o Escribano de la Sala registraría los nombres de los regantes, sus propiedades y sus turnos de agua; no se podía sacar ningún extracto que no estuviera debidamente signado por el escribano.
El riego realizado con partidores o venturas ocupaba unos capítulos de los nuevos estatutos con el fin de evitar malentendidos y situaciones de dudosa legalidad. El encargado del Libro de Venturas estaba obligado a acompañar al cequier en la primera martava, para así poder indicarle lo que debía hacer y ponerle al corriente del ordenamiento establecido por Don Luís Ocaña. En este libro, sólo quedaban consignados los manifiestos de los arriendos de las mismas y como los arrendatarios podían variar cada año. Era preciso que el cequier estuviera al corriente de los cambios efectuados a fin de distribuir el agua a las personas anotadas en el año en curso y no a otras que lo hubieran estado anteriormente.
Respecto del riego normal, las ordenanzas insistían en que tan solo se podía dar dos dulas: la dula de Agua Vieja que comenzaba en el partidor de cap amunt de l’horta y la de Agua Nueva, iniciada en el partidor de la Torre.
Las personas que desearan comprar o vender hilos de agua viva a carta de gracia tenían obligación de manifestar la transacción efectuada al escribano de la ciudad. Es más, no se podía otorgar agua de riego al comprador si no la tenía debidamente legalizada y presentara al repartidor el correspondiente albará o boleto de riego expedido por el escribano de la sala.
Las ordenanzas regulan, también, la conservación de la red de riego. Para ello, se mandaba a los dueños o arrendatarios de los molinos establecidos a lo largo del curso del río que, en el momento de producirse avenidas, levantaran las compuertas de los azudes y paletas de los molinos para evitar causar daños importantes a la acequia Mayor por la avalancha de aguas. Igualmente se advertía a los dueños del Agua Vieja de la obligación de limpiar y mondar la citada acequia y sus brazales cada año a mitad del mes de julio, corriendo los gastos a sus expensas previa derrama de las tahúllas regadas por cada uno.
Para desempeñar labores de vigilancia en el pantano se nombraba:
En el año 1669, durante la regencia de Mariana de Austria, fueron promulgadas nuevas ordenanzas para la ciudad donde se respetaba la administración del pantano y del riego de la Huerta, ratificando las emitidas en 1625. Si acaso, añadían la facultad del sobrecequiero para nombrar a dos personas que supieran leer y escribir -una en Sant Joan d’Alacant y la otra en Mutxamel- con la función de repartir las aguas de ventura o de duit de ambos azudes.
Tras la reparación del pantano de Tibi, el rey Felipe V lo incorporó al Real Patrimonio, según decreto fechado en 29 de julio de 1739. De esta manera, tanto su administración como la distribución de sus aguas disfrutadas hasta la fecha por la ciudad pasaban a la dependencia directa de la Hacienda Real. Provisionalmente, quedaba como administrador del pantano y de sus rentas Don Pascual Corbí, presidente del tribunal encargado de juzgar en primera instancia los delitos relativos al riego.
Esta provisionalidad en la administración de la presa acabó con la promulgación de unos nuevos Estatutos y Ordenanzas, elaborados por Don José Fondesviela con el asesoramiento de Don Juan Verdes Montenegro en 1740 y donde: